Adictos a las distracciones

Una tarde a principios del verano pasado, estaba leyendo y de repente caí en la cuenta de que estaba leyendo el mismo párrafo una y otra vez. Lo leí media docena de veces antes de llegar a la conclusión de que no tenía sentido seguir. No podía concentrarme lo suficiente en la lectura.

Estaba horrorizado.

Durante toda mi vida, leer libros ha sido una fuente de placer, aprendizaje y consuelo. Los libros que siempre compraba con regularidad se acumulaban en una pila cada vez más alta en mi mesita de noche, mirándome en un reproche silencioso. En lugar de leerlos, pasaba demasiado tiempo conectado revisando los datos de tráfico de la web de mi empresa, comprando cosas (algunas incluso sabiendo que no las necesitaba) y sintiéndome culpable por pulsar en imágenes con frases tan irresistibles como “Descubre al horrible niño que creció para ser atractivo”.

Distracción

Durante mi jornada de trabajo revisaba mi correo más veces de las que me gustaría reconocer y pasaba demasiado tiempo buscando bocaditos de información sobre las elecciones al gobierno, aun faltando mucho tiempo para que se celebrasen.

Nicholas Carr explica lo siguiente en su libro ‘Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?’:

“La red está diseñada para ser un sistema de interrupción, una máquina orientada a dividir la atención. Aceptamos de buen grado la pérdida de concentración y de enfoque, la división de nuestra atención y la fragmentación de nuestros pensamientos a cambio de cantidad y riqueza de información”

La adicción se puede definir como un impulso implacable hacia una sustancia o cualquier actividad que termina siendo tan compulsiva que finalmente interfiere con nuestro día a día. Según esta definición, casi cualquier persona que conozco es adicto a Internet de alguna forma. Sin duda, ha reemplazado al trabajo como la adicción socialmente más aceptada.

De acuerdo a una encuesta reciente, el trabajador de oficina medio gasta cerca de seis horas diarias en el correo electrónico, sin contar con el resto de tiempo que gasta en otro tipo de actividades (redes sociales, compras, etc.).

El deseo de nuestro cerebro por las novedades, la estimulación constante y las gratificaciones inmediatas genera algo llamado “bucle compulsivo”. Al igual que las ratas de laboratorio y los drogadictos, necesitamos más y más para seguir obteniendo el mismo efecto. El acceso infinito a nueva información también sobrecarga nuestra memoria de trabajo con facilidad. Cuando llegamos a la sobrecarga cognitiva, nuestra capacidad de transferir cosas que hemos aprendido a nuestra memoria a largo plazo se deteriora significativamente. Es como si nuestro cerebro se hubiera convertido en una taza llena de agua que se desborda al añadir cualquier cosa.

He sabido esto durante mucho tiempo. Empecé a escribir sobre ello hace 20 años y se lo enseño a mis clientes todos los días, pero nunca pensé que se convertiría en algo real para mi. La negación siempre es la primera defensa del adicto. Ningún obstaculo para la recuperación es mayor que nuestra capacidad infinita de racionalizar nuestros comportamientos compulsivos.

Distracción 2

Después de años pensando que tengo autocontrol, el invierno pasado tuve que pasar un tiempo viajando de manera intensiva ala vez que trataba de gestionar un negocio propio de consultoría en crecimiento. A principios de verano, de repente me di cuenta de que ya no tenía autocontrol en absoluto y no me sentí bien por ello.
Más allá de pasar demasiado tiempo en Internet y de perder capacidad de concentración, tampoco estaba comiendo bien. Bebía muchos refrescos, por las noches tomaba alguna copa de más y ya no hacía ejercicio a diario, como había estado haciendo toda mi vida.

En consecuencia, creé un plan irracionalmente ambicioso. Durante 30 días, quise intentar corregir todos estos comportamientos y muchos otros. Todos a la vez. Fue un ataque de grandiosidad. Siempre recomiendo precisamente todo lo contrario a mis clientes, pero me convencí de que nadie puede estar más comprometido con la superación personal que yo. “Todos estos comportamientos están relacionados. Puedo hacerlo”. El problema es que los humanos tenemos una capacidad muy limitada de voluntad y disciplina. Tenemos muchas más posibilidades de triunfar invirtiendo menos energía en intentar cambiar un comportamiento y trabajando diariamente para crear buenos hábitos que intentando hacer todo a la vez.

No obstante, tuve algo de éxito durante esos 30 días. A pesar de la tentación, deje de beber refrescos y alcohol, juntos y/o por separado (tres meses después, aún sigo sin beber refrescos). También conseguí dejar el azúcar y los carbohidratos de las patatas fritas de bolsa y la pasta. Volví a hacer ejercicio regularmente. Fallé por completo en un solo comportamiento: recortar mi tiempo en Internet

Fue un ataque de grandiosidad. No obstante, tuve algo de éxito durante esos 30 días, pero fallé por completo en un solo comportamiento: recortar mi tiempo en Internet

Mi compromiso inicial era limitar mi vida en línea y revisar el correo sólo tres veces al día: al despertarme, a mediodía y antes de irme a casa después de trabajar. El primer día, lo conseguí hasta el mediodía. Después, perdí el control. Era como un adicto al azúcar trabajando en una panadería intentando resistirse a una magdalena.

Distracción 3

Lo que rompió mi compromiso aquella primera mañana fue la sensación de que tenía que enviar un correo a alguien sobre un tema urgente. Me dije a mi mismo que si escribía un email y pulsaba “Enviar”, en realidad no estaba realmente conectado. Lo que no tuve en cuenta es que los nuevos mensajes de correo se descargan automáticamente mientras yo escribo los míos. Ninguno requiere de una respuesta inmediata y aun así, me fue imposible resistirme a echar un ojo al primero que vi con una línea de “Asunto” interesante. Y al segundo. Y al tercero.

En un momento había vuelto a las viejas costumbres. Al día siguiente, renuncié a tratar de limitar mi vida digital. Volví a la tarea simple de evitar tomar refrescos, alcohol y azúcar.

En cualquier caso, estaba decidido a retomar mi reto. Varias semanas después de terminar mi experimento de 30 días me fui de vacaciones durante un mes, lejos de la ciudad. Tenía una oportunidad de concentrar mi fuerza de voluntad en un solo objetivo: liberarme de Internet en un intento de recuperar el control sobre mi atención y concentración.

El primer paso para mi recuperación estaba dado: reconocer mi incapacidad de desconectar: ahora era el momento de desintoxicarme. Interpreté el segundo paso -la creencia de que un poder superior me ayudaría a recuperar la cordura- de una manera más secular. Cedí los poderes de ese ser superior a mi hija de 30 años, que desconectó mi teléfono y mi portátil de Internet. Ni correo ni navegación web. Sin mucho conocimiento tecnológico, yo no tenía ni idea de cómo volver a conectar cualquiera de ellos.

Por voluntad propia, sólo me permití estar localizable por SMS. Echando la vista atrás, era una forma de aferrarse a un salvavidas digital. Sólo un puñado de personas se comunican conmigo por SMS. Como estaba de vacaciones, los mensajes que me llegaban eran mayormente de familiares y eran sobretodo para ponernos de acuerdo para quedar en persona.

Durante los primeros días sufrí abstinencia, sobretodo hambre de consultar en Google y buscar respuestas a preguntas que surgían, pero con el paso de estos, me sentí más relajado, menos ansioso, más capaz de concentrarme y menos necesitado de una dosis de corta y rápida estimulación. Lo que PASÓ es exactamente lo que esperaba que sucediera: mi cerebro comenzó a tranquilizarse.

Leer

Para las vacaciones, había llevado conmigo varios libros de diferente duración y dificultad. Empecé con los cortos de no-ficción. Después, cuando empecé a sentirme más tranquilo y con una concentración reforzada, pasé a otros de no-ficción más largos. Eventualmente, empecé a leer ‘El emperador de todos los males: Una biografía del cáncer’ de Siddhartha Mukherjee, una biografía brillante y a veces compleja sobre el cáncer que había estado en mi estantería casi cinco años.

A medida que pasaban las semanas, fui capaz de deshacerme de mi necesidad de placeres rápidos. Comencé a leer novelas, terminando mis vacaciones con atracones de 500 páginas, a veces durante horas.

Ahora estoy de vuelta en el trabajo y por supuesto, de vuelta a Internet. Internet no va a desaparecer y continuará consumiendo mucha parte de mi atención. Mi objetivo ahora es encontrar el mejor equilibrio posible entre el tiempo en línea y el tiempo libre.

Siento que tengo más control que antes. Estoy menos reactivo y más consciente sobre en qué cosas estoy poniendo mi foco de atención. Cuando estoy conectado, trato de evitar navegar sin sentido. Tan a menudo como sea posible, trato de preguntarme a mi mismo: “¿Es esto realmente lo que quiero hacer?” Si la respuesta es no, la siguiente pregunta es: “¿Qué podría estar haciendo ahora que se sienta más productivo, satisfactorio o relajante?”

“¿Es esto realmente lo que quiero hacer?” Si la respuesta es no, la siguiente pregunta es: “¿Qué podría estar haciendo ahora que se sienta más productivo, satisfactorio o relajante?”

También me preocupo de realizar actividades más “absorbentes” en el día a día. Sobretodo, sigo leyendo libros. No solo porque los amo, sino porque sirven para practicar la concentración continua.

He conservado mi antiguo ritual de decidir por la noche qué es lo más importante que puedo hacer a la mañana siguiente y esa es mi primera actividad diaria todos los días, de 60 a 90 minutos sin interrupción. Después, descanso 10 o 15 minutos para descansar la mente y recuperar energía. Si se me presenta alguna actividad durante el día que requiere de mi atención permanente, me desconecto totalmente de Internet durante periodos establecidos y repito mi ritual matutino. Por la noche, cuando me voy a dormir, dejo mis dispositivos en la planta de abajo.

Soledad

Por último, me siento comprometido con tomar por lo menos una semana de vacaciones digitales al año. Tengo la rara libertad de poder tomar varias semanas de vacaciones seguidas, pero he aprendido que incluso sólo una semana de desconexión puede ser profundamente restaurador.

De vez en cuando me viene a la cabeza una imagen inquietante de mi último día de vacaciones. Estaba en un restaurante con mi familia cuando un hombre de unos 40 años entró y se sentó con su hija, una adorable niña de unos 4 o 5 años. Casi de inmediato, el hombre centró su atención en su teléfono. Mientras, su hija, que era un torbellino de energía sin descanso, se ponía de pie en la silla, caminaba alrededor de la mesa poniendo caras y haciendo gestos para llamar la atención de su padre. Excepto por momentos breves, no tuvo éxito y después de un tiempo, se rindió.

El silencio lo dominó todo.

Artículo original por Tony Schwartz
Traducción por Al gluten, buena cara